MANDARRIAZOS ESCUINAPENSES
La contracultural réplica a la tregua marismeña
YO VI LA MUERTE CERQUITA
Jesús Crespo (Pili el peluquero)
Hay una expresión en aquellas personas que sufren un percance o situación peligrosa, donde arriesgan su vida, pero que al lograr sobrevivir, dicen: “¡Vi la muerte cerquita!”. Les contaré de alguien que sí la vio.
Este relato no es producto de mi imaginación. Es un hecho real que le sucedió a mi compadre Julián Sánchez, un típico personaje de este mi pueblo. Muy conocido por casi todos –digo casi porque puede haber alguien que no lo conozca- pues ha crecido tanto mi pueblo que ya no nos conocemos, como era antes, como una sola familia.
Julián nació en el seno de una familia humilde del pueblo, pero muy popular, los Sánchez. Su pdre, Juan Sánchez, fue uno de los pioneros de la música en el pueblo. Auténticos trovadores del Escuinapa aquel, el de antaño, de esa época de serenatas, de aquel romanticismo que –desafortunadamente- ya terminó, para dar paso a otras expresiones musicales.
Su hermano, Fausto, también fue músico conocido cariñosamente como “el cua cua”. ¿Quién de los que lo conocimos no lo recuerda? Guitarrista nato que nos tenía en el diapasón de su guitarra un lugar que sus dedos no hubieran sacado un tono, los conocía como la palma de su mano. ¡Puro talento natural!
UN SUPER SABIO
Julián se dedicó muy joven, casi era un niño, al trabajo de la carpintería, oficio que también su padre, Juan, alternaba con la música. Julián era un dotado de una inteligencia natural, aparte de ejercer la carpintería, con destreza le gustaba hacer diversos experimentos.
Se hacía cada cosa, que era la admiración de la gente, al ver lo que aquel humilde muchacho realizaba. Pronto se convirtió en “el hacedor de milagros” del barrio. Hasta empezarona decirle “el súper sabio”. Pues no había cosa rota que no reparara: juguetes, mesas, sillas, roperos, todo. Cualquier cosa, lo que fuera.
Era mecánico. Aun cuando no tenía ni un conocimiento elemental, te echaba a andar cualquier carro; arreglaba rifles, escopetas, pistolas; y yo digo sin pecar de exagerado, que te hubiera arreglado hasta un tanque de guerra, si hubiese tenido esa oportunidad.
EL CASO DE LA PLUMA FUENTE Y DE CUCO EL POLICIA REACIO
Una vez hizo, con una pluma fuente, un arma que disparaba como una pistola, con fuerza y recisión, como cualquiera. Y en la primera prueba, ¡Barrenó una lámina!. Ahí estaba su amigo, y hoy compadre, Efrén Espinoza (“may fren”, el de los capomitos) quien días después sería –sin querer- la víctima inocente del invento de Julián, pues –accidentalmente- con esa “pluma fuente pistola”, se le escapó un tiro dándole a Efrén en el empeine del pie derecho. Yendo a parar al Hospital el herido y el otro a la cárcel, pues –en ese entonces fungía como oficial de la policía- “Cuco” Rojas, tío de Efrén, hombre de carácter recio.
También fue reacio, pues no quiso saber nada de los hechos, sólo imponer su autoridad sin importarle lo que dijeran los compañeros y amigos que se encontraban en ese lugar, quienes fueron testigos de los hechos.
Amigos inseparables era la palomilla de Julián y de Efrén. Armando González “el dandy”; Ramón López “el gorra prieta”; Bernardo Rojas “el nalo”, todos buenos amigos pero…
¡A Cuco no le importó nada! Ni siquiera que Julián fuera menor de edad. Él mismo lo metió a la cárcel y allí estuvo hasta que el propio Efrén salió del Hospital a abogar por su amigo Julián, declarando que todo había sido un infortunado accidente.
Ahí terminó el episodio aquel, el del experimento, pero nunca la amistad entre Efrén y Julián; al contrario esta se acrecentó más, de tal forma que se hicieron compadres.
AQUELLOS SANOS TIEMPOS
Y siguió aquella palomilla, yendo a cuanto baile hubiera en el pueblo, casia diario los había: si no con la Remigia, en Mojoneras o Pueblo Nuevo. Los había en domicilios particulares, eran fiestas sanas en las que las travesuras consistían en sacar a bailar a las muchachas. ¡Qué tiempos aquellos de sano esparcimiento!
El tiempo pasó, y –como es natural- cada quien agarró su camino. Pasaron las aventuras juveniles, dando paso a las obligaciones mayores. El joven madura y se hace hombre. Es natural, esa metamorfosis es el derecho natural que nos da la vida.
SU MISTERIOSO ENCUENTRO
En la etapa madura de Julián, lo encontramos un día disfrutando una cerveza en compañía de un amigo, en un alegre lugar que estuvo a la salida del pueblo por la carretera a Teacapán, hoy flamante “Bulevar Morelos”, lugar que con el tiempo se convertiría en bodega, del ya fallecido Chepe Pérez, donde guardaba sus utensilios de pesca.
Pues bien, venía Julián y su amigo de ese alegre lugar rumbo a sus respectivas casas, cuando al pasar por la mojonera –cerca del lugar donde actualmente venden jaibas- vio Julián que por la acera de enfrente iba una mujer vestida toda de negro, con la cabeza tapada, con un rebozo negro también, misma que llevaba en sus brazos a un niño llorando, pero llorando desesperadamente.
El niño se resistía, forcejeaba con ella, tratando de zafarse de aquellos brazos que parecía que lo apretaban cada vez más y más. Provocando en el pequeño su llanto más desesperado. Al ver esto, Julián le pega un grito: ¡Hey. Qué le haces a ese niño. Déjalo!
La mujer ni se inmutó y siguió caminando. Al ver Julián que la mujer no soltaba al niño. Le dice a su amigo “¿No llevará, esa mujer, al niño, robado? ¡Voy a averiguarlo! Dijo al mismo tiempo que corría para alcanzar a la mujer, sin dejar de gritarle: “¡Párate, párate! ¿Qué le haces a ese niño? ¡Párate!”
Cuando por fin pudo alcanzarla, el niño le extendía los brazos a Julián, como pidiendo que lo rescatar, y al emparejarse a la mujer, le dijo. “¿Qué le haces pues? ¡Te estoy hablando!”
Al volver el rostro la mujer hacia Julián, lo que ve lo hace que pierda el conocimiento y cae al suelo como fulminado por un rayo, pues el rostro que miró Julián: ¡Era el de una calavera!
Cuando volvió en sí, después de tres horas inconsciente, estaba en el patio de la casa de su amigo, acostado en un catre, donde su amigo, la esposa y toda la familia, lo miraban preocupados y le echaban aire con un cartón.
Julián les dice: “¡No. No me echen aire, préstenme una cobija, tengo mucho frío” Y así era temblaba de frío en pleno agosto. Entonces el amigo le pregunta ¿Qué te pasó, pues? ¡Vi a la muerte cerquita! le dice Julián.
“Ya me voy a mi casa, exclamó de manera urgente, espérate! Voy a ir contigo! Sugirió el compañero- ¡no!, yo me voy a ir solo y se fue de prisa rumbo a su casa pasando en la siguiente calle donde en una casa velaban a un niño, que hacía como tres horas ser había muerto.
CODA.
Al escribir la semblanza de Julián Sánchez y narrar la muerte que el mismo platicaba ignoraba yo que el tubo un se3gundo encuentro con su ya vieja conocida pues se encontraba gravemente enfermo y la estaba viendo nuevamente.
Ahora sí, más cerca. Pues estaba como el niño aquel, luchando desesperadamente por zafarse del abrazo mortal que cada vez lo apretaba más y más.
Pero luchaba obstinadamente con aquel Ferrero carácter que siempre lo caracterizó, hasta que llegó el fin. Fueron tres las estocadas que le fiera la muerte con su guadaña venciendo así su espíritu indomable. Fueron tres los infartos que le dieron, uno tras otro, cortando fulminantemente el hilo de su existencia.
Murió Julián el pasado 29 de agosto del año en curso. Vaya pues este recuerdo “post morten” a la memoria de mi compadre Julián Sánchez.
¡Descanse en Paz!
domingo, 10 de octubre de 2010
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